Tres ciudades mágicas en tres países mágicos

Praga, Viena o Budapest. Quizá sea como elegir entre Langos, Snitzchel y Trdlnik. O como elegir entre el Parlamento de Budapest, Hofburg y el puente Carlos. Al principio parece complicado, pero siempre hay uno que te gusta más.

Son tres ciudades tan distintas y a la vez tan parecidas que es muy difícil que alguna de ellas no consiga dejarte con la boca abierta, aunque para gustos los colores. De hecho, nosotros con una de ellas nos llevamos una pequeña decepción, aunque para saber cual es tendrás que leer hasta el final del artículo. (Eh, ni se os ocurra abandonar aquí, ¡no seáis vagos, que os va a molar!).

Budapest

Fue la primera de las tres que visitamos. A finales de agosto estábamos pasando el verano en Bélgica, nos dio un golpe de calor y decidimos volar a Budapest. Bueno, realmente fuimos hasta Budapest porque encontramos un vuelo de esos hiperchollazo por 30 euros ida y vuelta con Wizzair.

Como el viaje fue bastante improvisado no nos dio tiempo a buscar mucha información sobre Budapest, y se puede decir que llegamos a pelo a la ciudad. Para nosotros fue una mezcla de estímulos desde la llegada. Un idioma que no conocíamos y que no se parecía en nada a ningún otro, una población local más sosa que un pan sin sal (aunque había gente simpática)… También fue la primera vez que visitábamos un país con una moneda distinta al euro.

Budapest fue nuestra primera vez en muchos sentidos. Y no penséis mal, ¡cochinos!

Y Budapest nos sorprendió. Sus grandes edificios, larguísimas avenidas y como no, sus baños termales. Todo en Budapest tiene encanto, hasta tal punto que edificios que en otras ciudades serían un lugar 100% turístico en esta ciudad pasan a ser un edificio más entre los miles que hay con una arquitectura especial. Uno se queda sin palabras, sobre todo porque es un lugar en el que se pueden hacer infinidad de cosas.

Lo que más nos gustó

Baños termales: Son especiales. Además de que no tienes que empeñar un riñón para darte un baño relajante, puedes tirarte ahí todo el día, no te aburrirás.

Grandes edificios: Los edificios son espectaculares, todos y cada uno tienen un encanto especial. Además no tienen nada que ver con lo que estamos acostumbrados a ver en esta parte de Europa. Sin olvidarnos de las avenidas, todas ellas anchas y larguísimas.

Una ciudad baratísima: Fue lo que más nos sorprendió, la vida en Budapest es muuuy barata, y nos pudimos dar algún que otro capricho que en otras ciudades no hemos podido (y eso que como buenos pardillos cambiamos el dinero en el aeropuerto).

Dos ciudades: Budapest está formado por Buda y Pest, y el cambio es absoluto al pasar de un lado a otro del río. Este contraste no lo hemos encontrado en otras ciudades de Europa.

Bares ruina: Es toda una experiencia entrar en uno de ellos. Son locales que el ayuntamiento cede a los jóvenes y ellos acondicionan. Imprescindible tomarse algo en uno de ellos.

Lo que menos nos gustó:

La simpatía de algunos húngaros: En las zonas más turísticas (Vaci Utca y Mercado, sobre todo), digamos que la simpatía de los húngaros brillaba por su ausencia. Sorprende que la gente que vive de los turistas y viajeros sea tan arisca por momentos.

Cuesta recorrerla a pie: Es una ciudad tan grande que las distancias que hay que recorrer de un punto a otro son muy largas, y como no nos gusta coger el metro echamos bastante pierna…

El mercado cierra por la tarde: Esto es lo que menos nos gustó. Vimos el Langos en el mercado y pensamos en comerlo para cenar, y resulta que al llegar ¡nos habían cerrado el mercado! Por eso tendremos que hacer el terrible esfuerzo de volver algún día a Budapest. Pero no os preocupéis por nosotros, alguien tiene que levantar el país.

Praga

Llegamos a Praga con unas expectativas estratosféricas. Desde siempre habíamos escuchado que era una de las ciudades más bonitas de Europa , que era mágica (hasta escuchamos que era más romántica que París…) Pero lo cierto es que a nosotros nos dejó un poco fríos. No sé si lo llamaría decepción, pero sí es cierto que nos esperábamos mucho más, sobre todo después de haber estado en Budapest.

La ciudad en sí es bonita. Desde la torre de la pólvora hasta el puente Carlos, pasando también por la catedral y el reloj astronómico, el centro de Praga es encantador. Está todo en un estado estupendo de conservación (Dicen que Hitler no la quiso bombardear porque había elegido Praga como el destino en el que retirarse). La parte del castillo de Praga y sus calles adyacentes también son dignos de visita, aunque para ello tendrás que subir unas cuestas considerables. Que no te preocupe eso, merece la pena.

¡Hasta Hitler se enamoró de Praga!

Lo que pasa es que al salir del centro de la ciudad, el resto nos dejó desencantados porque no era como en Budapest donde los edificios seguían siendo majestuosos, era una ciudad normal y corriente. Digamos que ese encanto de Budapest no lo tenía Praga. Aunque no he dicho que no nos gustase ehh Pragabiebers, es una ciudad preciosa solo que nos esperábamos  algo más.

Lo que más nos gustó

El centro: Sin andar mucho te encuentras con un montón de edificios, monumentos, rincones con encanto… Los paseos de noche cuando no hay turistas son lo mejor.

Las torres: De torre a torre y tiro porque me toca. Otra cosa no será, pero torres hay a patadas en Praga, ¡y qué torres! Uno casi se puede guiar mirando solamente al cielo.

Trdelnik: Atentos los de morro fino, porque el Trdelnik es uno de los postres más ricos que hemos probado. Es una especie de masa con azúcar y harina de nueces que se enrolla en un palo y se asa. El resultado final: un crujiente postre que si lo untas bien de nutella pasa a la categoría de comida de los dioses 😛 (Nora: – ¿Enserio Erik? ¿Comida de dioses? Porfavor… es un postre dulzón que esta rico y que si vas debes probar si vas a Praga, pero ni por asomo es uno de los postres más ricos que he probado…)

Mercados callejeros: No sé si será por la fecha en la que estuvimos (Semana Santa), pero nos encontramos con muchos mercados y puestos callejeros en Praga. Tanto en la plaza de la ciudad vieja como en el castillo de Praga y en el puente Carlos había un montón de puestitos que nos recorrimos de arriba abajo. Aunque solo mirar, que no nos podíamos permitir demasiados caprichos.

– Música al atardecer en el puente Carlos: Con la caída del sol el puente Carlos se iba vaciando de algunos de los puestos de venta para dejar lugar a artistas callejeros. Había de todo, desde cantantes muy prometedores hasta un hombre que tocaba un montón de instrumentos a la vez, al estilo Mary Poppins.

Lo que menos nos gustó

– Mucho turismo: Hordas y hordas de turistas se agolpaban en las zonas turísticas de Praga. No había momento del día que se pudiese caminar por el puente Carlos sin empujones, una pena.

No es muy barata: No es que sea una ciudad ni cara ni barata, pero lo cierto es que nos habían dicho que era súper barata, y la verdad es que los precios eran muy parecidos a los de aquí, algo más barato pero tampoco se notaba demasiado.

Coronas checas: Mira que ya nos habíamos entrenado con los florines húngaros (Y bastante bien, la verdad), pero es que a las coronas checas no nos conseguimos adaptar nada bien. No sé por qué, pero es una moneda que no nos gustó nada.

Viena

La capital del imperio austrohúngaro. Aquí también llegamos con bastantes expectativas, aunque a diferencia de Praga… se cumplieron todas. El primer día pudimos recorrer toda la ciudad, o al menos el centro, que, en belleza, puede competir con cualquier otra ciudad de Europa.

Una de las cosas que más nos llamó la atención fue que todo estaba bastante cerca (bueno, exceptuando el Prater y las casas de colores que ya quedaban en el quinto pino). El centro se podía ver sin problemas en una mañana, aunque te recomendamos que te tomes tu tiempo, la ciudad lo merece, os lo aseguro. El centro es imperial, y a través de sus calles te puedes imaginar a la propia Sisi recorriéndolas, entrando en Hofburg, visitando la ópera…

Lo que más nos gustó:

Su centro: Como ya he dicho antes, Viena fue capital del imperio austrohúngaro, y eso se nota. El centro de Viena es espectacular, lleno de edificios imperiales y fácil de recorrer a pie.

La ópera de Viena: Tuvimos la suerte de entrar a ver una ópera por tres euros y la experiencia fue maravillosa, aunque la representación que tocaba aquel día era un poco aburrida. Si quieres saber cómo lo hicimos mira este post. 

El Prater: Es el parque de atracciones más antiguo del mundo, y eso le hace tener un no sé qué que qué se yo… La verdad es que volvería a ese parque, aunque sea solo para ver como mantiene la esencia que muchos otros han perdido ya.

Comida: Codillo, Snitzel, Salchichas, tarta Sacher, Apple strudel… definitivamente Viena no es un lugar para empezar una operación Bikini.

Lo que menos nos gustó

¿Capital de la música?: Venga a escuchar que Viena es capital de la música y resulta que vimos poquísimos músicos callejeros, algo que nos decepcionó bastante. Eso sí, la cara de Mozart y sus bombones están en cada esquina de la ciudad.

Frío: Los días que estuvimos en Viena debieron coincidir con una ola de frío polar o algo parecido porque eso era insoportable. De hecho, al llegar al Prater se puso a nevar tanto que pensábamos que nos íbamos a tener que quedar por ahí la noche si seguía nevando. (Sí, somos de Bilbao… un poco exagerados)

Schönbrunn: No es que nos decepcionase pero es que somos un poco ilusos y no nos paramos a pensar que íbamos en abril, que hacía frío y que todavía igual no habían empezado a salir las flores. Sobre todo Nora se llevó una gran decepción al ver los majestuosos jardines sin nada de color… con tierra marrón donde debería haber flores de todos los colores. Pero bueno esto se arregla eligiendo otra fecha para el viaje.

– Transporte público caro: El transporte público en la ciudad no era nada barato, y tener que patear la ciudad con el frío que hacía fue un fastidio. Aunque no tiene nada que ver con los precios de Alemania (Dresde), donde coger un tranvía que te recorría 200 metros costaba dos euros con veinte. De locos.

Y nosotros nos quedamos con…

Y llegamos al punto más complicado del post, elegir entre las tres. Que conste que ha sido una decisión muy difícil, las tres se lo merecían, se han esforzado mucho por conseguirlo…. BLA BLA BLA. Lo cierto es que ni siquiera nosotros hemos conseguido ponernos de acuerdo.

Yo me quedo con Budapest, sus calles infinitas, su encanto especial y su comida, además es la menos masificada de las tres. Nora, por su parte, prefiere Viena, su majestuosidad, el precioso parlamento y la inigualable ópera. La verdad es que las tres merecen la pena, pero creemos que tanto Viena como Budapest sobresalen por delante de Praga.

Y tú, ¿con cuál te quedas?