Estoy enfadado. Camino entre callejuelas estrechas, escaleras y puentes. Cada paso que doy me encuentro con sonidos inconfundibles: flashes de cámaras,  tintinear de cubiertos contra platos, familias enteras en las que chilla hasta el abuelo… ¿enfadado? Harto, quería decir. Esquivo el cartel per San Marco, y aunque sea de noche prefiero buscar un camino alternativo para apartarme de esa masa de turistas que van camino de sus hoteles.

Lleno de optimismo, y también empujado un poco por el enfado, comienzo a recorrer las calles de Venecia como si fuesen las de mi barrio. Ahora a la derecha, en ese pequeño portal a la izquierda, cruzo este puente, paso por delante de esta tienda de souvenirs y, por fin… me pierdo. No solo me perdí en Venecia, casi había olvidado que todo este recorrido lo había hecho acompañado. Me giro, sonrío.

Es entonces cuando empiezo a escuchar. Escucho la brisa a través del canal, el agua que golpea contra las puertas y paredes de la ciudad. Escucho también el silencio. Parece que esto de perderse al final no ha estado nada mal. Nos miramos, nos damos la mano y nos ponemos a andar. No sé hacia dónde, ni hasta cuándo, solo Venecia lo sabe.

Al final acabamos llegando a nuestro camping, bastante tiempo más tarde de lo previsto, reconciliados con Venecia y, por qué no decirlo, enamorados de la ciudad. Hay quién dice que no hay nada como perderse para encontrarse, y puestos a perderse no hay mejor ciudad que Venecia.